Un día de octubre de 1982, la moda cambió para siempre. Ninguno de los congregados en patio del Louvre esperaban ser testigos de semejante espectáculo. Suzy Menkes, la mítica editora de moda del International Herald Tribune, dice vivir para esos momentos en que comprendes que “nada después de un desfile volverá a ser lo mismo”. Sin miedo a equivocarnos, podemos colegir que aquel debió de ser uno de esos momentos. El público toma sus asientos, las miradas se dirigen hacia el escenario, nada parece suceder, y de repente, una estampida de modelos irrumpen aguerridas y corren libres a lo largo de la pasarela como una corte de amazonas vestidas con algo que muchos de los allí presentes describieron como meros “harapos” (las colecciones de la diseñadora en lo sucesivo recibirían adjetivos no mucho más complacientes, algo a lo que ella está más que acostumbrada y en lo que parece resarcirse). Pese a nuestra aventajada perspectiva y bajo nuestras retinas asediadas de imágenes, no nos equivocaríamos si afirmáramos que , a día de hoy, cualquiera de nosotros recibiría un impacto similar de haber sido testigos de un hito tan significativo en la historia de la moda y, seguramente, también nos levantaríamos del asiento completamente desorientados y con un buen puñado de sentimientos encontrados. “Te ausentas un instante, y al volver ya no eres capaz de reconocer nada ni a nadie. Convulsionado, el paisaje de la moda. Como si una sacudida sísmica hubiera pulverizado hasta el recuerdo de lo que fue la indumentaria del último siglo del segundo milenio después de Cristo…”, se expresa Mariella Righini en Le Nouvel Observateur sobre la bomba que Japón había soltado sobre occidente, quizás una suerte de revancha por la que occidente soltó sobre Japón décadas antes y que también plantó una pica en la historia y supuso el fin de una cruenta guerra. Sin embargo, no era la reacción que esta declaración de intenciones provocaría en el público lo que más preocupaba al respecto de la estratega, que junto a Yohji Yamamoto, se encontraba detrás de la invasión japonesa, sino el hecho de que “cualquiera fuera de Japón pudiera ser capaz de pronunciar su nombre”, como declara Makao Yamazaki, estilista nipona afincada en París por aquella época. Ella era Rei Kawakubo (pronúnciese tal cual se lee en castellano), y su colección de primavera/verano de 1983 se titulaba “Destroy”; sobran las palabras, como no podría ser de otra manera en el caso de la lacónica y parca directora creativa que encabeza la firma Comme des Garçons.
Se cumplen 30 años de una colección que consiguió remover las bases de la moda occidental y darle con el guante en la cara a un estamento anclado desde hacía más de un siglo en su propio horror vacui. “Destroy” recibió todo tipo de calificativos, a cada cual más catastrofista y apocalíptico; “¡desestructuración, descomposición, escándalo!”, espeta Righini voz en grito en su crónica. Por cuanto a la opinión general, la colección y la estética oscura y desvencijada de Kawakubo en adelante sería apostillada, con mayor o menor acierto, con el epíteto de “post-Hiroshima chic”, lo cual venía a demostrar una vez más cómo occidente, cubierta de su histórica pátina de paternalismo, no había entendido nada. Ella misma afirma que jamás pretendió “iniciar una revolución. Vine a París con la sola intención de mostrar aquello que yo consideraba potente y bello. Lo único que ocurrió es que mi visión era totalmente diferente a la del resto”. Rei Kawakubo es una figura que podríamos definir como “incómoda” dentro de la industria, sus colecciones no pretenden complacer, y a priori, ni siquiera puede decirse de ellas que tengan un claro espíritu comercial. Judith Thurman resume en su mítico reportaje para la revista New Yorker la premisa bajo la cual Kawakubo se enfrentaba a su tarea: “ofrecer comodidad a quien lleva la prenda y generar incomodidad a quien la observa”. Aún así, pese a no hacer apenas concesiones al gusto general ni llenar páginas de prensa sin tasa con sus declaraciones, su popularidad creció de manera exponencial a la celeridad con que su marca se encumbró al olimpo y así ha permanecido desde entonces sin ceder un ápice de su poder. Su colección para la primavera/verano de 1983 plantó una pica en el mapa mudo de la moda occidental, una cartografía dibujada sobre un esquema de negocio que ya tenía más de un siglo de vida, que no ofrecía nada nuevo, encorsetado y ultra referenciado en su expresividad.
Para Kawakubo, nada de lo que la moda de la época dictaba servía para explicar aquello que ella consideraba digno de ser narrado: “decidí empezar desde cero, de la nada, hacer cosas que todavía no se habían hecho”. Su colección desafió los límites impuestos por la convención, retó la imagen de la mujer en la sociedad y, en palabras de Franca Sozzani, “abrió una nueva visión de la feminidad”. En la década de los 70 afirmaba rotunda que sus diseños se orientaban a aquellas “mujeres que no están dominadas por sus maridos”. Hasta el más ciego comprendería con un somero análisis de estas declaraciones que nos encontramos frente a una feminista acérrima; Kawakubo, empero, es una mujer de posiciones férreas pero vaga en sus creencias. Más bien, ella afirma no tener ninguna en absoluto (según ella, eso significaría establecer una dependencia con lo ajeno): “nunca he tenido la sensación de que mi trabajo tenga nada que ver con ser mujer. No soy feminista. Nunca me ha interesado ningún movimiento del estilo. Sólo decidí abrir una empresa construida en derredor de la creación, y con la creación como arma, poder entablar las batallas en las que yo quería luchar”.
La tarea de Kawakubo comenzó en el año 69 tras un periodo como empleada en el departamento de publicidad de una gran empresa japonesa en un intento por alcanzar la autosuficiencia y la independencia por la que tanto aboga. Ante la incapacidad de dar con cierta estética que le permitiera desplegar su universo de expresividad, comenzó a crear sus propios modelos. Rápidamente se hizo con una bandada de adeptos que empezaron a ser conocidos bajo el apodo de “karasu-zoku” (algo así como “el clan del cuervo” en español), por sus looks desgarbados y en riguroso negro, una nueva generación que empezaba a contar su propia historia dentro de una sociedad que emergía de la post guerra y la invasión estadounidense y que se encontraba a la caza de sus propios discursos. Rei Kawakubo es una de las pioneras en entender, allá en la década de los 70, que una marca no sólo se crea, sino que es necesario narrarla y personificarla hasta el punto de borrar los límites del mito y la realidad. Para ello, se ha servido de ciertas añagazas estéticas y técnicas para conmocionar y no cejar en su incesante búsqueda de lo inesperado: el negro en toda su amplitud cromática (aunque parezca mentira, la tiene, y ella misma se defiende alegando que no entiende que la tilden de ser demasiado recurrente cuando en sus colecciones utiliza hasta catorce tonalidades diferentes de negro), el desafío a los cánones tradicionales de la costura mediante el uso de patrones contrahechos e ingeniosos, los volúmenes que imponen distancia entre el cuerpo y la prenda y la experimentación con la materia textil.
Una de las prendas más comentadas de su colección primavera/verano del año 82 fue un lastimoso suéter lleno de agujeros por cuyo aspecto parecía que hubiese sido víctima del ejercicio de una apisonadora. Una pista de que Kawakubo no tiene ningún pudor en abrir ventanas allí donde la tradición dictamina que deben permanecer cerradas: sus prendas buscan la armonía en la asimetría y no atienden a la esclavitud de las tallas (el hecho de tener dos brazos no entraña la necesidad de cortar un blusón con dos mangas), dejan al descubierto las costuras o las muestran del revés y se recrean en la estética de lo “usado” y lo inacabado, muy perseguida por Kawakubo, que experimenta con los tejidos, sus usos y su respuesta ante el paso del tiempo, parchea sus prendas de tiras de tela cosidas según un calculado arbitrio y hierve el algodón y lo deja secar hasta conseguir un efecto de abandono y avejentamiento. La fórmula es más sencilla de lo que parece: osadía más hallazgo igual a shock. Por cuanto al color, el negro se postula para Kawakubo como el nuevo “lienzo en blanco” y ha sido un fetiche para ella durante toda la década de los 80 (aunque durante los años 90, en una vuelta más de una tuerca que parece no pasarse nunca de rosca, declarase con solemnidad que estaba hastiada del negro y que lo que se terciaba entonces era el rojo). Ella utiliza lo insondable de la materia oscura como una herramienta narrativa donde puede caber cualquier discurso, como un símbolo de rebeldía y como una puerta abierta a la psique y la condición humanas. “La silueta de Kawakubo no tiene nada que ver con envolver el cuerpo femenino para seducir… Objetivamente, su logro se basa en la recuperación del negro como el color del rechazo”, aclara Thurman.
“Destroy” fue sólo el principio de una larga lista de colecciones que a lo largo de 30 años no han dejado de insistir en la noción del “shock de la novedad”: Lilith (otoño/invierno 92-93) donde el color y un leve giro a la opulencia inició una nueva etapa dentro de la marca; Body Meets Dress, Dress Meets Body (primavera/verano 1997), una colección que ponía en liza el culto al cuerpo y su artificiosidad mediante grandes bulbos y protuberancias adheridas bajo la ropa (“cuasimodo”, dirían algunos); o Broken Bride (otoño/invierno 05-06) que remitía a los trajes de novia y que para Kawakubo acabó siendo una reflexión sobre el hecho de que “el matrimonio no tenía por qué ser necesariamente algo feliz.” En cada nueva colección, Rei Kawakubo entabla una nueva diatriba que nace de apenas un prurito acallado o unas pocas palabras que encierran una gran verdad, lo que provoca más de un quebradero de cabeza a su equipo de patronistas. “Empiezo cada colección con una palabra. Nunca soy capaz de recordar de donde viene. Nunca empiezo una colección con un recuerdo o referencia histórica, social o cultural concreta. Una vez encuentro la palabra no la desarrollo de manera lógica. Evito deliberadamente cualquier tipo de orden durante el proceso después de encontrar la palabra y en su lugar pienso en lo contrario a esa palabra, o en algo diferente a ella, o detrás de ella”, se explaya Kawakubo sobre su proceso creativo, algo inusual para alguien que no tiende a explicarse a sí misma más que a través de su obra o de su ropa. A partir de ese momento es responsabilidad de su equipo dar con la imagen que satisfaga los deseos de su redentora, algo que imaginamos que debe de desatar más de un tormento en las oficinas de la casa madre en el barrio de Aoyama de la capital japonesa. “Se sienten presionados porque yo me presiono a mi misma. Y esta presión no se generaría en ellos si no se generara en mi”.
Comme des Garçons es una empresa de éxito indiscutible (con un balance de ventas de 180 millones de dólares en 2008), un éxito logrado al margen del sistema y las exigencias comerciales, y para ello es necesario que la marca destile la personalidad de su fundadora hasta el último rincón. Todo en Comme des Garçons remite a la imagen de Rei Kawakubo, todo respira el mismo aire en aras de mantener a flote el mito, la historia y una identidad coherente en toda su extensión. “Esta empresa es muy estricta. Sé perfectamente lo que Adrian [director de Comme des Garçons International y marido de Kawakubo] está haciendo. Siempre sé si está dentro de las normas o fuera de ellas. Para mi, la identidad de Comme des Garçons es algo diáfano”, asevera su fundadora, que a lo largo de los 40 años de vida de su marca se ha mantenido al frente con mano dura y sin concesiones. Como afirma Cathy Horyn, la marca “es en realidad una extensión del cerebro de Kawakubo”. La atmósfera de Comme des Garçons conjuga todo un abanico de disciplinas creativas que coadyuvan para conformar una imagen general sólida y sin falla: “intento reflejar mi imagen no sólo en la ropa, sino también en los accesorios, las presentaciones, los puntos de venta, incluso en mi oficina. Tienes que verlo como una impresión global y no sólo fijarte en las costuras y el negro”. Sus colaboraciones con los mejores fotógrafos de los años 80 (Turbeville, Lindbergh, Roversi, Meisel…); sus catálogos editados como una revista que no contenían ni un sólo atisbo de sus colecciones sino más bien la narración oculta en sus prendas; sus puntos de venta, como Dover Street Market, que son más bien escenografías a medio camino entre la galería de arte y unos grandes almacenes, espacios multidisciplinares y generadores de contenido… una maquinaria narrativa perfectamente engrasada que plantea la dicotomía entre negocio y arte, y que en Comme des Garçons está muy bien resuelta. Kawakubo duda a la hora de definirse como artista o mujer negocios, en el mejor de los casos sería las dos cosas, además de una gran narradora de su propia historia. Pese a la severidad y la aparente imperturbabilidad que la caracterizan, Kawakubo consigue sorprender y sorprenderse a si misma a través del oscuro océano de un relato en constante generación: “me gusta explicar una historia a través de mis colecciones, mis ideas para nuevos productos, mi trabajo gráfico y las colaboraciones que establezco con fotógrafos y artistas. Sin novedades no hay vida. El resultado final de todo esto tiene que explicar algo. La información otorga profundidad al trabajo. En cualquier caso, soy más una periodista que una artista.”








1 comentario
Adri dice:
11/02/2012
Muy buen artículo! Qué maravilla de personaje.