En un gesto casi bíblico, Miguel Adrover ha vuelto una vez más a renacer de un largo e intermitente silencio y, como no podía ser de otra manera, ha sido Nueva York la que le ha abierto los brazos para darle la bienvenida. La misma ciudad que allá en 1999 viera nacer al diseñador mallorquín, se congregó una vez más para celebrar su retorno durante el tercer día de la pasarela neoyorquina con motivo de un desfile que recuperó las señas de identidad que un día lo catapultaron a la fama desde un sótano del East Village. ¿Qué ocurre cuando un avión sobrevuela el Amazonas para dejar caer bultos cargados de avituallamiento para aquellos que con los brazos en alto claman al cielo una salvación? Que Adrover carga de nuevo con una colección que recurre una vez más a la idea del reciclaje y la reutilización de prendas pintorescas editadas bajo su propia óptica.

La colección presentada por Adrover el sábado en Nueva York no hace gala de la técnica, no hay hilo ni aguja; es una colección sin patrón que rescata una suerte de fondo de armario que el diseñador deconstruye para volverlo a amontonar sobre el cuerpo sin orden ni concierto aparente. Así, una bandera americana o un chubasquero sintético remachado con una falda de paja devienen un vestido sin ningún pudor. El que un su primera colección sorprendiera al utilizar una gabardina de Burberry del revés para someterla a mutación, hoy fusila una chaqueta de piel de McQueen en un claro homenaje a quien fuera amigo y colaborador suyo durante los años en que Adrover se postulaba un como agitador cultural del Downtown neoyorquino. No puede decirse de la colección de Adrover que tenga una clara intención comercial, más bien hace gala de todo lo contrario. Sin embargo, es innegable que pese a no acumular un largo historial de colecciones en su haber, el diseñador mallorquín ha sabido labrarse una identidad a través de su trabajo y crear cierto mito en derredor de su apellido.

Desde sus inicios en la moda a finales de la década de los 90, Adrover se descubrió como un talento que era capaz de ser testigo de excepción y narrador impenitente del mundo que le rodeaba, y así sigue siendo; “¿Cómo voy a perder contacto con todo lo que está pasando? ¿Cómo no va a afectarme?”, se cuestionaba él mismo a propósito de su colección otoño/invierno 2012 que oportunamente titula Out of my mind, y es que todo lo que sale de su cabeza encierra un mensaje acerca del contexto social que envuelve sus colecciones, que en esencia son un alegato en favor del consumo sostenible y rechazan de plano el modelo capitalista de mercado y de derroche infatigable. Él estaba allí cuando el East Village clamaba por un Mesías que aportara juventud, novedad y savia nueva a la vida cultural de la ciudad y a una industria de la moda anclada en sus propios discursos y poco proclive a dar tribuna a nuevas voces:  “antes de que pasara lo mío, en Nueva York no se apoyaba a la gente joven. Nosotros abrimos las puertas a mucha gente. Fue una época dorada​”, dice el diseñador en declaraciones para El País. Si Adrover iba a ser ese mesías, su tienda, Horn, iba a ser la iglesia de su movimiento. En ella vendía prendas que Alexander McQueen le cedía en honor a su amistad y en tributo a la ayuda que Adrover le prestaba durante sus desfiles. Alentado por su entorno y con ayuda de su paisano Sebastián Pons, también diseñador, comenzó a crear sus propias prendas que ponía a la venta en su local y que realizaba con deshechos a los que Adrover dotaba de una nueva vida.

Así llegaron sus primeras colecciones, los bolsos de Vuitton reinterpretados para subvertir su mensaje original y construir una crítica al icono y la logomanía, las prendas hechas con cubrecolchones que ponían a la vista de todos el fenómeno “homeless” (“era sucio y asqueroso. Pero quizás tras haber dormido en el mismo sitio durante años y años, no te parecería algo sucio”, decía el diseñador). Llegó el fervor de la prensa, WWD decía de él en primera página que era “impactante”, “extraordinario” e “innovador”, llegó el apoyo ecónomico de mano de un potente inversor, Pegasus, que tranformó la firma Adrover en un negocio que acumulaba ceros, éxito y fama en tiempo record. Y de repente, sólo un año y medio después e haber rozado el cielo con los dedos, se hizo el silencio. Las torres gemelas se desplomaron, cundió el caos financiero y Pegasus quebró. Su colección presentada tan sólo dos días antes del atentado, Utopía, no mejoró las cosas: estaba inspirada en Oriente Medio y sus signos culturales más obvios; las voces más reaccionarias le tildaron de colaboracionista con la causa enemiga. Después de ocho meses, durante los cuales trabajó como taxista en Luxor regresó a Nueva York, donde se volvió a estrenar sobre la pasarela usando como medio el mismo vocabulario estético cargado de crónica social y energía que un día le convirtiera en nueva promesa, pero a falta de un inversor que sustentara su firma, en 2004 abandonó Nueva York y volvió a hacerse en silencio. En 2007 protagonizó un breve retorno de la mano de la marca de venta por catálogo alemana Hess Natur, que abogaba por ofrecer ropa confeccionada en la premisa de lo ecológico. De nuevo, la prensa volvió a congregarse en torno a Adrover en la galería de arte del barrio de Chelsea donde se presentaba la colección. Otra vez Nueva York, otro renacer que no hacía más que poner en relieve su exilio y la gloria del ayer.

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Sus silencios y sus súbitos despertares, el bar mallorquín (Es Jaç) que regenta desde que en 2004 abandonara el East Side de Nueva York, su espíritu aventurero y su carismático aspecto se conjugan en la figura de Adrover para acrecentar poco a poco y con el pasar de los años (y no pese a él) el mito de su nombre: “yo no soy diseñador, yo intento reflejar el presente sobre la ropa”. Quién sabe si esa comunión con el mundo que le rodea sea precisamente la que le ha impelido a volver a narrar su crónica sobre la pasarela en unos tiempos tan convulsos como los que nos tocan vivir. En el páramo de mediocridad de la moda española, carente en su mayor parte de historias que trasciendan más allá de unas cuentas prendas puestas con mayor o menor acierto sobre un escenario, Miguel Adrover sea quizás el faro capaz de arrojar un poco de luz sobre el camino y, por fin, alguien consiga conmover para vender.

(Foto destacada: un diseño de la colección de Miguel Adrover para la primavera / verano de 2003. Imagen: migueladrover.com)