Lagerfeld, incombustible
Karl Lagerfeld lo vuelve a hacer. La polifacética estrella de la constelación de la moda tiene el don de convertir en un éxito todo lo que toca. Lo hizo con Chloé, lo hizo con Fendi, lo hizo con Chanel y, de nuevo, lo va a volver a intentar bajo su propio sello y con el bombo y platillo que le caracterizan. Por si alguien dudaba del poder de convocatoria y la ubicuidad de la imagen del diseñador alemán, el portal de venta online Net-a-Porter ha sido el encargado de hacer que la colección de Lagerfeld llegué a todos los rincones del planeta gracias a la omnipresencia de Internet. En su día inaugural, 25 de enero, Karl (la marca) ya consiguió colgar el cartel de “existencias agotadas” en algunas de sus prendas, cuyos precios no superan los 300 euros, y que pretenden acercarse al mercado global a través de la filosofía del lujo accesible, o como él mismo lo denomina, el “elitismo masivo”. Quizás no sea el inventor, pero en el peor de los casos, sí podríamos considerar al alemán como un pionero en estas lides: su colaboración con H&M inauguró el género, que estuvo, como no podría ser de otra manera en su caso, no exenta de controversia puesto que Lagerfeld acusó a H&M de mancillar sus diseños al producir una amplia horquilla de tallas de unas prendas que él había ideado para gente “esbelta” (un delgadísimo Lagerfeld, otrora entrado en carnes, saltó hace escasos días a los titulares por afirmar que la cantante Adele, a su juicio, quizá tenga algunos kilos de más).
En febrero, la marca de Lagerfeld (que posee el extraño poder de volver cualquier texto que se escriba sobre él ininteligible y crear confusión entre su persona, su marca y su mito) se podrá adquirir en su propia página web y se complementará con una línea de alta gama (Karl Lagerfeld Paris) cuyos precios empiezan donde terminan los de la anterior y cuyos diseños se acercan a algo a medio camino entre el prêt-à-porter y la alta costura. La producción de esta línea correrá a cargo de una empresa italiana llamada Itierre y se distribuirá en puntos de venta convencionales a partir de la temporada de otoño/invierno de este mismo año. Por lo que hemos podido observar en el avance de la colección para Net-a-Porter, Lagerfeld incide en los códigos que él mismo ha ido adoptando a lo largo de los años en aras de generar su mito y fortuna: abundan los cuellos rígidos de quita y pon, sus característicos mitones, una paleta que se debate entre el blanco y el negro y los tejidos plateados y brillantes que aparecen por doquier en cualquier prenda, todo ello con objeto de redundar en una suerte de mujer deportiva, urbana y chic que habita en la mente del diseñador.
Saskia de Brauw, la nueva chica del momento para Lagerfeld, es la imagen de la campaña que ha lanzado Net-a-Porter con su colección. Por lo que se aprecia, Karl quiere brillar. A toda costa. (Foto: Net-a-Porter.com).
Más allá del destello y la pátina de novedad del lanzamiento de la colección, esta nueva incursión de Lagerfeld alberga una paradoja incontestable. Christian Stahl, miembro de la dirección de Apax Partners (la firma que detenta la propiedad de la marca) lo resume con esta frase en comunicado de prensa: “Karl Lagerfeld ya es una marca global, pero no dispone de un negocio global”. Si bien el nombre de Lagerfeld es toda una entidad en el mundo de la moda per se, nunca ha conseguido trascender ni brillar por encima de las marcas para las que el Lagerfeld diseñador ha prestado sus servicios. Karl tuvo que esperar hasta hacerse con la dirección creativa de la casa Chanel (a la edad de 49 años y como sucesor de Philippe Guibourgé) para alcanzar la riqueza y la fama mundial con la que había soñado desde sus años como incansable styliste en el París de la década de los sesenta y setenta, a la sombra de algunos de sus compañeros que, como Yves Saint Laurent y de manera casi inmediata, hicieron de su nombre un sinónimo de alta costura. Desde su paso por la casa Chloé, el septuagenario diseñador ha venido plasmando su firma en productos de su propia factura, pero siempre ha sido lo suficientemente inteligente como para no comprometer su propio patrimonio durante sus aventuras empresariales: el habilidoso createur, tiene el ingenio de multiplicar el valor de todo lo que pasa por las manos de sus abogados y de obtener de todos sus contratos un porcentaje de las ganancias que genere cualquier tipo de acuerdo comercial. Aunque esto no siempre ha sido así.
El periplo empresarial de la marca de Lagerfeld comenzó a principios del año 1975. Karl Lagerfeld Productions nació como un acuerdo de explotación entre el propio Karl y los entonces dueños de la casa Chloé (Gaby Aghion y Jacques Lenoir) para la que él trabajaba. Según el contrato, el alemán participaría en un 50% de los beneficios, pero no de los gastos, lo que en un momento dado le permitiría cubrirse las espaldas en caso de que la empresa hiciera fallida. Según declara Aghion en el libro The Beautiful Fall de Alicia Drake (a quien Karl llevara a los tribunales infructuosamente por revelar aspectos privados de su vida), era una “empresa de licencias”, o lo que es lo mismo, una gallina de los huevos de oro que sólo produciría perfumes y una línea de ropa que se iba a vender única y exclusivamente en Japón. La gallina demostró ser muy fecunda, y hacia el año 1977, Karl Lagerfeld acumulaba ya más de 30 licencias en ese país.
Un año después de su debut en Chanel, en 1983, un contrato con una empresa manufacturera estadounidense, Biedermann, permitió a Lagerfeld poner un pie sobre suelo americano con una línea de prêt-à-porter de gama media. Por aquellos años, Karl se entregaba fervorosamente a sus compromisos con Chanel y Fendi y a las prendas que producía bajo su propio sello en París y los Estados Unidos. El montante de colecciones que creaba al año por aquella época ascendía a nada más y nada menos que diez, a lo que hay que sumarle encargos de todo tipo que Karl aceptaba como diseñador independiente. El ahíto creativo de Karl ya demostraba entonces ser insaciable. En 1985, Ralph Toledano (a quien la casa Puig recientemente nombrara canciller de Gaultier), se hizo con la presidencia de la línea de Karl Lagerfeld, y desde ese momento, la marca empezó a pasar de unas manos a otras depreciándose por el camino y hundiéndose en la más completa de las intrascendencias. De Biedermann a Core-Revillon y de la última a Dunhill Holdings, hasta que en 1997 y después de cinco años de pérdidas, entra en bancarrota con una deuda de 100 millones de francos. Según Drake, esto sólo vino a reafirmar la idea de que Karl era tan sólo un mercenario incapaz de recrear el éxito que conseguía para los demás en el ejercicio de su propia marca. “Estoy seguro que podría haber construido una gran casa, pero no estaba en disposición de abandonar el confort de Chanel, toda la visibilidad pública y el dinero que le otorgaba”, dice Toledano en el libro de Drake.
Una vez defenestrado Karl Lagerfeld Productions, Karl compra su propia marca por 1 franco, que pasó a llamarse Lagerfeld Gallery, y en 2004 la vuelve a vender al grupo empresarial Tommy Hilfiger por 30 millones de dólares, tan sólo un mes antes del lanzamiento de su colección efímera para H&M, lo que demuestra que la argucia empresarial del creativo va en total consonancia con su infinita capacidad para reinventarse a sí mismo. Aquí empieza el presente de la marca, con Apax Partners al frente del capital y Pier Paolo Righi al frente de la dirección de la firma. Quizás su absorbente tarea al frente de la maison de la Rue Cambon durante tantos años hayan impedido que Karl Lagerfeld despegara el cohete que lanzara su marca al olimpo de la moda (como hemos podido comprobar de manera literal en su última colección de alta costura para Chanel) y a estas alturas podemos albergar serias dudas de que finalmente lo consiga, pero tratándose de Karl, cualquier cosa es posible.






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